RELATOS DE MIRAFLORES
I
GREGORIO
“Arriba los pobres del
mundo, de pie los esclavos sin pan”, vociferaba a buen volumen la radio de 100 canales colocada
entre cueros pegantes y tachuelas de la zapatería de Gregorio. Antes que zapatero,
“Don Gregorio”, como tocaba llamarle para no recibir el insulto, era un
artesano juicioso, rescataba unos zapatos de la nada y los dejaba como nuevos.
Ese radio se lo habían traído de regalo los amigos de la “Brigada de la Zafra”
y tenía otra particularidad: era el único radio que con un artificio de antena
cogía a la perfección “Radio Habana, Cuba”. Don Gregorio, había subido al techo
de la casa de Severo, donde tenía el local, una construcción semicolonial de
dos pisos, y no sin antes haber
consultado sobre radioaficción con su amigo Ernesto, instaló una antena en una
guadua de cinco metros para garantizar la fidelidad de la emisora. El programa
de Historia de la Revolución Cubana comenzaba siempre con las hermosas notas de
La Internacional.
Cuando Don Gregorio escuchaba los primeros tonos se unía al
himno acomodándose a su voz de tenor. Las amas de casa vecinas se alertaban
diciendo: “son las diez, hora de poner el almuerzo”, ya acostumbradas a la
rutina disciplinada del fan de Fidel Castro. Era un hombre solo y su único
placer desmedido era la música, tocaba bandola, tiple y sobre todo flauta, su
preferida y motivo de sacralidad. No permitía críticas mordaces contra dicho
instrumento, asi que cuando Isidro su consuetudinario vecino de tintos le
recordó una vez diciendo:
-
Gregorio
y que pasó con la Flaúta –recalcándole a tono de mofa el acento en la U-
-
Flaúta
será su madre, gran hijo de puta – le contesto Gregorio- , y agregó- y me
perdona Dr si me salió en verso pero es que también yo soy poeta del universo.
De todas formas abogado y zapatero
terminaron tomando tinto en medio de risas. Como quien dice “abogado a tus
zapatos”. El lenguaje descarnado de Gregorio era ya conocido como institución
social. Entonando La Internacional martillaba con precisión las tachuelas en la
suela cuando no sobre sus curtidos dedos y entonces en vez de exclamar airado
otra grosería manifestaba: “¡por las mil mozas de cristo chulavita!”, con la
posibilidad de tragarse las tachuelas que tenía entre su dos gruesos labios.
No se sabe por qué Gregorio no tuvo
mujer si una de sus amistades más entrañables era el odontólogo, también de la
brigada de la zafra, que se preció de ser el Anacleto Morones del pueblo, como
en el cuento de Juan Rulfo, que tuvo olfato para el erotismo y no escapó de sus
sábanas clandestinas lo más deseado por muchos incluida su hermosa esposa
Argentina, pero Gregorio siempre pensó como Vargas Vila “mi padre me engendró
por un placer y mi madre me parió por un deber”, como decía. Pero vivió rodeado
de hogares estables como el de severo y sus guitarras.
Entre él y Severo existía una
conexión entrañable. Severo era fabricante de guitarras de las mejores, mejor
que las chiquinquireñas, decía, y Severo daba la última palabra al rasgar las
seis cuerdas buscando un mi mayor: “esta no sirvió, repítala, o véndasela a
alguien con oído de artillero”. Esa unión provenía de las condiciones
materiales de vida de los dos: ambos eran artesanos y tenían un control
escencial, casi filosófico sobre la totalidad del proceso de producción. Suena
a Marxismo, pero es así, actuaban como pensaban, en trabajo no alienado.
Gregorio murió en honor de santidad a
pesar de todo, como se merece morir a un ateo, en medio de una religión, la
católica, en un ancianato, cuidado por
una comunidad de monjas dominicas como parodiando aquel tiempo en que le gritó
al párroco cuando le llevó a restaurar los zapatos “jamás le arreglaría a un
clérigo sus pecuecas porque están contaminadas de malos pasos”. Eso le preparó
el paraíso terrenal. Dicen que cuando murió rezaba en voz baja, en el mismo
tono del padrenuestro, repasando las pepas de una camándula, una extraña
oración en la que discutía con el papa apartes de la encíclica “rerun novarum”
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